La Brújula Despistada

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lunes, 23 de septiembre de 2013

Otoño

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domingo, 23 de septiembre de 2012

La Rueda de los Días.

Equinoccio de Otoño.

La brisa soplaba suavemente entre los árboles y silbaba, a veces más flojo, a veces más fuerte. En aquel pequeño bosque donde las hojas ya empezaban a dorarse no había nadie más que un chico sentado bajo un roble. El muchacho tenía un bloc en las rodillas donde de vez en cuando escribía algo, pero otras veces se paraba, inclinaba la cabeza y cerraba los ojos, escuchando, o quizá dormitando un poco. Al cabo de un tiempo, se levantó y se marchó de allí.

El chico entró en su casa, y cerró la puerta con cuidado, pero eso no evitó que sus padres lo oyesen.
-¡Lisandro! -llamaron.
-Qué ruidosos sois -les dijo el chico, en un tono de voz que, en comparación, era evidentemente más bajo, pero también más agradable.
-No pasa nada si alzas la voz un poquito de vez en cuando -le recordó su madre.
Lisandro subió las escaleras, camino de su habitación.
-Hijo, ¿has vuelto a escribir algo? -preguntó su padre.
-Sí.
-¿Puedo leerlo?
-¡No!
Tras unos minutos, Lisandro volvió a bajar y se sentó a la mesa, un poco cabizbajo.
-¿No nos vas a dejar leer lo que escribes? -volvió a preguntar su padre.
Lisandro decidió obviar la respuesta.
-¿Has vuelto a ir a ese bosque? -dijo su madre, dando un rodeo- ¿Por qué has tardado tanto?
-Porque no he cogido el reloj.
-Pues cógelo la próxima vez.
-No funciona.
-¿No funciona? ¿Cómo que no funciona?
Lisandro se terminó el plato antes de responder. Aquellas preguntas estaban especialmente diseñadas para sacarle un tema de conversación con sacacorchos, pero si a él no le apetecía conversar, no conversaría.
-Pues eso, que no va bien, que no marca las horas... Que se para y luego arranca otra vez, pero se atrasa, y luego se vuelve a adelantar...
Sus padres suspiraron.
    -¿Has estado escribiendo allí?
    -Sí.
    -¿Y qué has escrito?
Otra vez lo mismo.
    -Un relato.
    -¿Sobre qué?
Lisandro se acabó el postre, y masticó parsimoniosamente antes de contestar.
    -No sé. Aún no lo he acabado. Ya volveréis a preguntar cuando lo acabe. Hasta entonces, me subo. Hasta luego.
Y recogió su plato y su vaso, los dejó en la cocina y se fue a su habitación. Una vez arriba, el chico se sentó en su escritorio y se quedó mirando el papel en blanco. Allí, en el bosque, le resultaba más fácil escribir. Incluso una vez pensó, bromeando un poco consigo mismo, en llevarse allí una silla y una mesa y escribir allí sus historias a partir de entonces. Escribir en casa le producía una tensión rara, porque no le gustaba hablar sobre lo que escribía, ni siquiera con sus padres, no sabía por qué. Alzó la vista y se asomó a su ventana. Desde allí podía divisar, un poco a la izquierda, hacia el fondo, por donde se ponía el sol, una mancha de hojas verdosas que empezaba a dorarse por un lado, y a enrojecerse por otro. Era el bosque, donde le gustaba tanto ir.  Allí estaba bien, y no sabía muy bien por qué tampoco. Decidió volver allí aquella tarde.
    A la entrada del instituto se aglomeraba la gente para entrar la primera hora de la mañana.     Lisandro, pegado a una esquina de la puerta de entrada, se encogía, porque aquella mañana hacía un poco de frío, aunque el día anterior había hecho casi tanto calor como en verano. Cerca de él había unas chicas de tercero que hablaban sobre algo que, al parecer, les resultaba muy interesante, porque todas querían decir algo. Al cabo de unos momentos, una de las chicas, al parecer, se cansó de hablar sobre lo que fuese que estuvieran hablando, y se apartó un poco. Fue directamente a la esquina donde Lisandro se encogía. El chico la observó: no era muy alta, pero tampoco muy baja, más o menos de su estatura; aquel día se había puesto una blusa de media manga y una falda de colores, seguramente esperando que el calor fuese igual al de ayer. Pero lo que llamaba la atención a Lisandro no era la ropa: el chico miraba más el pelo de la chica, castaño y ondulado, y los ojos, verdes; eso, en conjunto, le daba una sensación de movimiento. Lisandro se dio cuenta de que la chica también le observaba la ropa (unos pantalones color verde musgo y una camiseta fina de manga larga naranja), y también sus ojos marrones y su pelo pelirrojo y rizado, que llevaba largo hasta los hombros y con unas greñas que caían sobre los ojos. La chica, entonces, se le acercó.
    -Hola -le dijo alegremente, al estilo de los niños pequeños.
    -Hola -le contestó Lisandro suavemente, a su propio estilo.
    -Hola -repitió la chica- Tú eres el chico que ganó el concurso literario en fin de curso, ¿no?
    -Sí, soy yo.
    -¿Y cómo te llamabas?
    Aquella preguntita le tocó un poco las narices. Igual era porque se había levantado a malas, pero le tocó un poco las narices, sí.
    -No me llamaba. Mi nombre sigue siendo el mismo.
La respuestita también pareció tocarle a la chica un pelín las narices.
    -¿Cómo te llamas, entonces?
    -Lisandro.
    -Qué nombre taaaannn... -y vaciló, pero Lisandro supo que estaba pensando si decir raro”.
      -No es raro -se adelantó él- Sólo es poco usual. ¿Cómo te llamas tú?
    -Sylvia. Con y griega, ¿sabes?
    -¿Y tu nombre te parece raro?
    La chica negó con la cabeza.
    -¿Ves? Crees que no es raro porque es el tuyo, o porque Sylvia es un nombre conocido, pero que no se pone mucho.
   -Aaah... Oye, Lisandro es un nombre que me suena de algo. Creo que lo he oído en otra parte. ¿Sabes...? -y no pudo continuar, porque en ese momento sonó el timbre para entrar. Lisandro miró a Sylvia reunirse con el resto de chicas y desaparecer tras una esquina. Si le había tocado las narices antes, con la respuesta suya, ya se le había pasado. Y si no, pensó, no tenía que preocuparse mucho: la nariz de Sylvia era pequeñita y respingona. Una nariz muy graciosa.
    A la hora de salida, Lisandro torció una esquina y se dirigió a su casa. De camino a allí, pasó cerca de Sylvia y las otras chicas.
    -Sí, Lisandro -les oyó comentar- El que ganó el concurso literario de fin de curso.
    -Qué nombre tan raro.
    -No es raro. Sólo es poco usual -respondió Sylvia.
    Lisandro sonrió un poquito para sus adentros.
    Una vez en casa, después de comer, Lisandro volvió a ir al bosque. Sentado bajo el árbol de siempre (un roble) reflexionó. Llevaba unos días levantándose de mal humor, y sintiéndose así el resto del día. Eso le ponía de más mal humor, y pensar en ello, de peor humor todavía... Cerró los ojos e inclinó la cabeza. En aquel bosque sí que parecía ser otoño de verdad. Los árboles se doraban o se enrojecían, había ya algunas hojas por la tierra y volando por el aire, y la brisa soplaba, fresca, pero no fría aún. Normalmente, lo había notado, podía sentir cómo el otoño iba llegando poco a poco cuando, por esas fechas, soplaba el viento, se empezaban a dorar los árboles y llovía con más frecuencia. Pero ese año no lo estaba notando. O, por lo menos, no lo estaba notando igual. Últimamente lo notaba como acelerado, como si pasara como siempre, pero con prisas y antes de lo normal. Además, no sentía el otoño. Le parecía que el otoño estaba jugando al escondite.
    El Otoño juega al escondite....pensó. Y lo escribió al margen de la página, para futuras historias. Y volvió a inclinar la cabeza y a cerrar los ojos, escuchando el viento entre los árboles, las hojas moviéndose, los pasos... Lisandro abrió los ojos. ¿Qué pasos? No había nadie más en el bosque. ¿O sí? Abrió más los ojos y miró en todas direcciones. Le pareció ver un pliegue de ropa que se deslizaba entre los árboles. Lisandro se incorporó y se dirigió hacia allí. Caminando, y despacio, para no hacer demasiado ruido, siguió al pliegue de ropa. Llegó a una parte del bosque donde los árboles se estrechaban, pero eso no detuvo al dueño del pliegue, y a Lisandro casi, pero tampoco, aunque ahora resultaba más difícil seguirlo. Hubo un momento en que lo perdió de vista, y se detuvo a pensar. ¿Seguro que era un pliegue de ropa? ¿Seguro que era un pliegue? ¿Y si se lo había imaginado? ¿Y si estaba delirando un poco en su soledad, como Manrique, el protagonista de una Leyenda de Bécquer? Se sentó en un tronco. Bueno, igual sí, igual se lo había imaginado. Escuchó con atención, por si, a pesar de todo, todavía oía algo.  Y oyó, sí, oyó otra vez pasos, y aunque no vio más pliegues de ropa, se levantó con cuidado y siguió a los pasos en silencio (o todo lo silenciosamente que pudo), porque esta vez estaba seguro de no haberlos imaginado, porque estaba escuchando atentamente. Al cabo de un tiempo, los pasos pararon. Lisandro se acercó a ellos y asomó la cabeza entre los árboles, y miró. Y entonces una mano le cogió del cuello de la camisa tiró de él. Los dos empezaron a forcejear, pero Lisandro no resistía mucho, y la otra persona tenía bastante fuerza, por lo menos comparada con él, así que pronto Lisandro acabó dándose un buen batacazo en el suelo. Y desde allí, vio que su atacante era una chica, más o menos como él, y con el pelo también más o menos pelirrojo, sólo que liso (cuando se acercó más, se dio cuenta de que era más bien castaño cobre) y los ojos alargados de color verde, que le recordaron a Sylvia. Tosió un poco.
    -¿Qué...? ¿Por qué me... atacas?
    -¿Por qué me seguías?
    -Porque yo... aquí, normalmente.... bueno, aquí y en todas partes... suelo estar solo... me pareció raro... que hubiese alguien más.
    La chica le levantó y lo observó con detenimiento. Luego le dijo:
    -Bien. Es una razón de peso. -lo miró de arriba a abajo de nuevo- ¿Qué sueles hacer aquí?
    Lisandro dudó en qué responder. No le gustaba hablar sobre lo que escribía con sus padres, menos con una completa desconocida.
    -Nada interesante. Tonterías.
    Pero la chica había visto el bloc.
    -Qué tonterías más curiosas. -y se lo quitó, y lo abrió con intención de leer algo.
    -¡Oye! ¡No! ¡Devuélvemelo! -esta vez él se lo arrancó a ella, y salió corriendo, pero se giró un momento- ¡Eres una salvaje impulsiva!
    Por toda respuesta, la chica inclinó a un lado la cabeza, y en ese momento de entre los mechones de pelo asomaron dos orejas en punta, y luego dijo:
    -Qué humano tan raro eres...
    Una vez en casa, Lisandro se lanzó sobre la cama, confuso. Era, si no la primera, una de las pocas veces que le gritaba a alguien. Era, sí, seguro, la primera vez que veía a alguien más en aquel bosque. Y era, desde luego, con total seguridad, la primera vez que se encontraba con un ser mágico, con un elfo.
    Al día siguiente, una vez volvió del instituto, subió a su cuarto y cogió uno de los libros de su estantería. En uno de los capítulos se hablaba de los elfos. En él se decía que eran criaturas muy hermosas, con los ojos almendrados, las orejas puntiagudas; ágiles, discretos, y de andares silenciosos. Esto último no encajaba mucho con la chica elfa que se había encontrado en el bosque.  Pero bueno, los elfos, pensó, también podían ser algunos ruidosos (un elfo ruidoso, pensó también, tal vez equivalía a un humano silencioso) Pero se estaba pensando si volver al bosque en una temporada. Esa elfa le había dado un poco de miedo. No sabía si se la volvería a encontrar, y si volvería a intentar leer en su bloc. No sabía por qué pero no le gustaba que leyeran lo que escribía. Le daba... algo.
    Finalmente, Lisandro se decidió por ir. Si la elfa le encontraba de nuevo, ya se las apañaría, de una forma o de otra. Ya en el bosque, Lisandro empezó de nuevo a escribir. Pero no se concentraba. Estaba en tensión, por culpa de aquella elfa, pues temía que en cualquier momento fuese a aparecer. Le resultaba un miedo un poco infantil, incluso tonto. Pero aun así se sobresaltó cuando volvió a oír pasos. Así que esta vez se descalzó antes de seguirlos otra vez.
    Lisandro siguió los pasos durante un rato, todo lo silenciosamente que le permitían sus pies descalzos (o casi, porque llevaba calcetines). Cuando los pasos se pararon, Lisandro se paró también, y se asomó con cuidado, pero lo que vio casi le hizo caer: allí había reunidas unas cuantas personas, pero todas ellas iban vestidas con túnicas y trajes como en la Edad Media. Y todos ellos tenían orejas en punta que sobresalían del pelo, que en los chicos era casi siempre tan largo como el suyo, como mínimo. Entonces, uno de ellos y una de ellas se levantaron y pidieron silencio, cosa que a Lisandro le pareció innecesaria, porque el murmullo era casi silencioso.
    -Escuchad todos -dijo la chica- Sabéis que se acerca el Equinoccio de Otoño.
    Todos asintieron en silencio, hasta Lisandro desde su escondite.
    -Pero hay un problema -dijo el chico- Puede que el Equinoccio no sea como los anteriores. Que se retrase demasiado. O se adelante.
    -Pero el Equinoccio de Otoño es el que más tarda normalmente -replicó alguien. Lisandro miró, y resultó ser la elfa del día anterior.
    -Sí -replicó la otra elfa- Pero esta vez no se retrasa, ni siquiera como de normal, sino que se ha adelantado.
    -Eso sí que es raro -musitó un elfo que había al lado de la que conoció Lisandro.
    -Eso tiene una razón -dijo el otro elfo- La Rueda de los Días se ha desequilibrado. Se retrasa o se adelanta, y tenemos que equilibrar el otoño.
    -¿Y qué pasa con la primavera, el verano y el invierno?
    Eso-pensó Lisandro.
    -De la primavera y el verano ya se han ocupado las hadas y los duendes -respondió la elfa que presidía.- Nos toca a nosotros el otoño.
En ese momento, Lisandro sintió un golpe en su espalda y cayó hacia delante, Todos los elfos reunidos se giraron a mirarlo.
    -Mirad a quién tenemos de espectador -dijo socarronamente la elfa del día anterior.
    -¡Un muchacho humano! -exclamó el elfo que presidía.- ¿Por qué nos espiabas?
    -N-no os espiaba -tartamudeó él- Sólo quería ver qué hacíais.
    -Dicho de otra forma, que espiabas -replicó la elfa.
    -Levántalo -ordenó la elfa que presidía. La otra obedeció con mala cara.- Ahora siéntalo y déjalo escuchar.
    La elfa arrastró al pobre muchacho humano hasta una banqueta en una esquina y lo sentó de golpe, casi hundiendo el asiento.
    -Ahora -continuó el elfo, que lo había estado observando con una ceja levantada- sé que queréis preguntar: ¿Cómo lo haremos? Pues lo que debemos hacer es reunir las esencias de esta estación relacionadas con el gusto, la vista y el olfato antes del Equinoccio.
    -¿Las qué? -dijo Lisandro. Todos se volvieron a mirarlo. Lisandro los miró a ellos, un poco asustado, y sólo pudo añadir:
    -¿Que?
    -Las esencias -se adelantó la elfa que presidía- son algo muy propio de la estación que debemos equilibrar, relacionado con los sentidos que ha dicho antes. Y por cierto -añadió volviéndose hacia el elfo- Estoy segura de que el muchacho humano no es el único que no sabía lo que eran.
Lisandro pudo ver cómo había elfos que disimulaban un poco.
    -Bien -zanjó el elfo- Ya podéis marcharos.
    -¿Qué? -preguntó uno de ellos- ¿Así, sin más?
    -Dadnos un aviso cuando tengáis algo -dijo por todaºrespuesta. Todos los elfos se levantaron y empezaron a marcharse, y Lisandro se quedó sentado, solo y pensando en lo que había oído. ¿Cómo se encontraban las esencias esas? ¿Cómo se empaquetaban para traerlas donde hiciese falta? ¿Dónde hacía falta? ¿Cómo saber todo eso? Pero entonces pensó otra cosa.: él no tenía que hacer nada, porque no era un elfo y, al parecer, el Otoño lo tenían que arreglar los elfos. Se levantó y se fue. Al llegar al claro donde se había descalzado, encontró a la elfa del primer día, a la elfa que había presidido aquella reunión, y a otro elfo más. El elfo tenía el pelo negro, negro un poco azulado, y los ojos grises. Y la elfa, la que había presidido la reunión, el pelo rubio, pero ondulado, parecido al de Sylvia también, recordó Lisandro. Entonces, la elfa pelirroja, alzó una mano con su bloc en ella.
    -¿Es esto tuyo?
Aquella elfa le estaba tocando las narices, y Lisandro empezaba a suponer que lo hacía aposta. Se abalanzó sobre ella (o, más exactamente, sobre el bloc), lo arrancó otra vez de su mano, y empezó a pasar las páginas, aunque en seguida se dio cuenta de que era una tontería, así que lo cerró. Luego se sentó junto a la otra elfa (que estaba más alejada de la otra) y metió los pies en sus botas.
    -Oye, muchacho humano -le dijo el elfo- Hemos estado pensando, y hemos decidido una cosa.
    -¿Ah, sí? -dijo Lisandro con un poco de retintín mientras se ataba una bota.
    -Hemos pensado -continuó la elfa rubia- que, ya que eres un humano, podrías indicarnos si conoces algo que nos podría ayudar.
    -¿Ah, sí? -repitió Lisandro con el mismo retintín, mientras se ataba la otra bota.
    -Sí -respondió el elfo, dudando un poco.
    Lisandro se sentó mirándolos a los tres.
    -Escuchad -suspiró- No creo que yo os pueda ayudar. El otoño es una estación difícil. Se parece al verano y se parece al invierno, es una estación que se camufla. Nadie nota cuándo viene, ni tampoco cuando se va, y si se dan cuenta, sólo dicen Anda, ya es invierno. Cómo pasa el tiempoy vuelven a olvidarlo.
    Los tres elfos se quedaron mirándolo. Y como parecía que ya no iban a decirle nada más, Lisandro se levantó y se fue, pensativo. Era uno de los párrafos más largos que le había dicho a alguien en mucho tiempo.
    Ya estaba cerca de su casa. Sacó la llave del bolsillo, y se dirigía a su portal, cuando notó que tenía a alguien detrás de él, y se giró.
    -Hola de nuevo, muchacho humano.
    -¿Qué hacéis aquí? -exclamó Lisandro- ¿Me estabais siguiendo?
    -Por supuesto, escritorcillo humano -le dijo la elfa, y le volvió a quitar el bloc.
    -¡Para ya! -le dijo él, quitándoselo también- ¿Para qué me seguís?
    -¿No nos has escuchado? Para que nos puedas ayudar.
    -¿No me habéis escuchado a mí? Yo no puedo ayudaros -giró la llave y se metió dentro de casa- Buscaos a alguien que tenga práctica con el otoño -y cerró la puerta.
    A la mañana siguiente, amaneció ventoso, frío y gris. Lisandro se abrigó como pudo, porque aún no había sacado la ropa de más abrigo, y se encaminó al instituto. Pensaba otra vez en aquellos elfos, a los que, ahora que lo pensaba, les había cerrado la puerta prácticamente en las narices. Tampoco eso lo había hecho antes. Definitivamente, su humor estaba empeorando conforme se acercaba el otoño. Aunque el otoño igual ya estaba aquí, por adelantado, de incógnito.
    A la salida, alguien se acercó a su lado. Lisandro miró. Era Sylvia.
    -Hola- saludó ella.
    -Ho... hola- tartamudeó él, un poco confuso.
    -Así que... escribes historias, ¿no? -le preguntó ella.
    -Sí.
    -¿Y de qué tratan? -insistió.
    -De lo que se me ocurre -respondió Lisandro, un poco hosco.
    -Y... -titubeó Sylvia, algo molesta- ¿de qué se te suelen ocurrir?
    -Pues de cualquier cosa -replicó Lisandro bruscamente.
    -Bueno, yo sólo preguntaba...
    -¡Sí! -estalló él- ¡Tú, y mis padres, y una elfa salvaje que me quita el bloc, y demás pesados se este mundo! ¡Yo no quiero hablar de lo que escribo! ¡No me gusta! ¡Así que dejadme en paz!
    -Bueno, yo... -susurró Sylvia- De acuerdo... -y se desvió torciendo una esquina, visiblemente dolida.
    Otra vez tumbado en su cama, Lisandro observaba la mancha naranja-dorada del bosque. Se sentía mal, casi enfermo. Había descargado su mal humor acumulado y su tensión sobre Sylvia, que, aunque la conocía de hacía tres días, le caía bien y le resultaba simpática y amable. Y esta vez no sólo le había tocado un poco su graciosa naricita respingona, esta vez la había ofendido de verdad. Pensar en eso le hacía ponerse de mal humor otra vez, y caer de nuevo en su malhumorado círculo vicioso. Una piedra golpeó el cristal de su ventana. Lisandro se dio la vuelta, sobresaltado, y se asomó. Los dos elfos de la otra vez lo llamaban desde abajo. El chico bajó.
    -¿Qué hacéis aquí? ¿No os he dicho que os busquéis a alguien que se le de mejor el otoño?
    -La verdad es que a ti se te da bastante bien -respondió el elfo.
    -¿Ah sí? ¿Y por qué?
    -Bueno, eres un  escritorcillo sensiblero -aclaró la elfa- que escribe en el bosque.
    -No sabes si soy sensiblero -le bufó Lisandro- No me conoces de nada.
    -Hoy no traes la libreta, ¿eh? ¿Qué has escrito hoy?
    Lisandro sintió como si le hiciesen un nudo marinero en la boca del estómago.
    -¡¿Qué te importa!? ¡No quiero hablar de lo que escribo!
    -¿Ves? -replicó ella sin inmutarse- Eres un escritorcillo sensiblero.
    -Bueno, dejémoslo estar... -zanjó el otro elfo- A ver, ¿qué caracteriza el otoño? Échanos una mano.
    -No pienso ayudar a esa elfa salvaje y puñetera -protestó Lisandro.
    -Si promete no fastidiar y comportarse bien, ¿nos dices, por ejemplo, el sabor del otoño?
    Lisandro suspiró.
    -Bien.
    -De acuerdo. Lo prometo -dijo la elfa- ¿Y bien?
    -Castañas asadas.
    -¿Castañas asadas?
    -De toda la vida.
    -¿Y dónde podemos conseguirlas?
    -¿No hay en el bosque?
    -No.
    Lisandro suspiró, intentando no perder la paciencia. Luego miró a los dos elfos, a sus orejas puntiagudas y sus túnicas de colores del bosque, y suspiró otra vez.
    -Esperad aquí.
    Y al rato bajó de nuevo, con unos gorros de invierno y un par de jerséis.
    Más tarde, Lisandro y los elfos paseaban, encogidos, por el casco antiguo. Aquella tarde hacía un frío inusual otra vez, y no había mucha gente por las calles.
    -Oye, escritorcillo humano, ¿dónde dices que están las castañas esas?
    -No me llames escritorcillo humano. Tengo mi propio nombre.
    -Eso no responde a mi pregunta.
    -Pues en el puesto de castañas asadas.
    -¿En el puesto de...? -repitió el elfo- Pero son naturales, ¿verdad? Porque tienen que serlo.
    -Sí, sí que lo son -suspiró el chico.
    -¡No, no! -gritó la elfa- ¡No nos des la razón para que nos callemos! -Lisandro puso los ojos en blanco y ella le clavó un dedo en el pecho- ¡Dilo! ¿Lo son o no?
    -No lo sé. ¿Y qué más da?
    -Pues que necesitamos que sean naturales.
    -Ah. ¿Por qué?
    -Porque las estaciones lo son.
    -Mirad, ya hemos llegado.
    Los elfos no pusieron muy buena cara al ver el puesto de castañas asadas: una mesita con los cucuruchos y las castañas crudas, y al lado una estufa de metal al carbón donde un hombre tapado hasta las orejas las asaba. Los tres se acercaron.
    -¿Son naturales estas castañas? -preguntó la elfa.
    -¡Pues claro que lo son! -gruñó el castañero- Igual aún no están del todo maduras, pero no hay que ser quisquilloso.
    -¿Nos pone un cucurucho? -preguntó el elfo.
    El castañero lo llenó y se lo tendió. Los elfos miraron a Lisandro.
    -Pero ¿no lleváis...? -y suspiró otra vez- Está bieeen... -y pagó al castañero.
    De vuelta hacia casa, había un incómodo silencio.
    -No tienes mucho que decir, ¿no, escritorcillo humano?
    Lisandro levantó de repente la cabeza.
    -No me llames escritorcillo humano. Tengo un nombre.
    -Eso no responde a mi pregunta.
    -Pues no te la pienso responder si me llamas así.
    -Pero eres un escritorcillo humano.
    -Si, pero no me llamo así.
    -¿Y por qué no nos has dicho tu nombre desde un principio, ya que has metido en nuestros asuntos tu nariz delgada y...?
    -¡Lisandro!
    Los dos elfos se sobresaltaron levemente.
    -¿Qué?
    -Mi nombre es Lisandro. Y no es un nombre raro.
    -Oh, pues yo soy Lúinwe -se presentó el chico.
    -Y yo Séregon -añadió la chica.
    Lisandro pensó que ya no podría volver a pensar que su nombre era raro.
    -Ahora sólo faltan dos esencias - dijo Lúinwe.
    -Pero yo tengo que volver a casa -recordó Lisandro.
    Al llegar a casa, le esperaban sus padres.
    -Lisandro, ¿podemos hablar un momento?
    El chico se sentó, y miró a sus padres, nervioso.
    -Lisandro, hijo, ¿estás bien? -preguntó su madre.
    -Eehh... sí. -titubeó él.
    -¿Seguro?
    -Eehh... sí.
    -Lisandro -dijo su padre- Estos días has estado un poco hosco ¿no? -el chico asintió lentamente- ¿Por qué? ¿Qué te pasa?
    -No lo sé, yo... estoy de mal humor, y no sé por qué, pero si hablo o pienso en ello me pongo de peor humor y...
    -Bueno, pero a lo mejor te ayuda hablarlo con alguien.
    -¡No, no me ayuda! -exclamó él.- ¿Veis? Me pongo de peor humor.
    -¿Y qué hay de tus historias, de todo eso que escribes? ¿También te pone de mal humor hablar de eso?
    -Pues... -y entonces Lisandro recordó a Sylvia y su discusión- pues no lo sé... pero no me gusta hablar de eso.
    Sus padres se miraron y suspiraron.
    -Bien. Pero ya sabes que nos puedes contar lo que quieras, ¿de acuerdo?
    Lisandro asintió y subió a su cuarto. Aquella noche llovió, y él no durmió demasiado bien. Y sólo faltaban dos días para el Equinoccio.
    Al día siguiente, a la salida del instituto, Lisandro fue directamente al bosque. Quería pensar con tranquilidad, o intentarlo al menos, ya que posiblemente le asaltaran otra vez Lúinwe y Séregon. Aunque no tuvo que preocuparse mucho: los dos le esperaban bajo el roble donde se sentaba siempre. En cuanto lo vieron, se acercaron a él y le saludaron.Él  les devolvió el saludo.
    -¿Dónde habéis guardado las castañas?
    -Ya las hemos entregado -respondió Séregon.
    -¿Y os han dicho algo?
    -Por supuesto. Las han dado por válidas. -dijo Lúinwe- Ahora necesitamos la esencia de la vista y la esencia del olfato.
    -¿A qué huele el otoño? -preguntó Lisandro, más para sí mismo.
    -No lo sé -dijo secamente Séregon- Esto es difícil. ¿Cómo encontramos esas esencias en forma natural?
    -Pensad -susurró Lúinwe.
    Lisandro miró a su alrededor. Miró el suelo, cubierto de hierba que se doraba. Miró los árboles y sus raíces que sobresalían de la tierra húmeda, y miró las copas anaranjadas del bosque. Entonces, se acercó al pie del roble donde normalmente escribía y cogió una hoja húmeda del suelo, y la mostró a los elfos.
    -Esto podría servirnos, ¿no?
    -Sí, creo que sí -confirmó Lúinwe- Pero tal vez no baste con una. Hay que coger más.
    -¡Muy bien! -añadió Séregon- Haremos un ramillete.
    Los tres muchachos se pusieron a recoger hojas secas y húmedas de todos los tonos, tamaños y formas, y las juntaron después en un ramillete que ataron con un trozo flexible de rama.
    -Creo que para la vista es lo adecuado. -afirmó Séregon, sin ninguna sorna esta vez. En ese momento, Lúinwe anunció que iba a darle el ramillete a los elfos que habían presidido, que fuesen buscando la última esencia. Cuando se quedaron solos, los dos se sentaron bajo el roble. Lisandro se puso a pensar en cómo atrapar un olor, y en qué olor tenía el otoño. Entonces Séregon le dijo de repente:
    -Oye, escritorc... -Lisandro la miró enfadado- estooo, Lisandro, ¿Por qué te molesta tanto que te coja la libreta?
    -A ver, ¿cómo te sentirías tú si una salvaje impulsiva a la que no conoces de nada te quita el bloc de repente?
    -¿Yo soy una salvaje impulsiva?
    Lisandro titubeó un poco.
    -Sí -respondió. Y miró a la elfa, a la que no parecía molestarle en absoluto.
    -¿Escribes en esa libreta?
    Lisandro arrugó la nariz. Aquella conversación ya la conocía.
    -Sí.
    -¿Y qué escribes?
    -No quiero hablar de eso.
    -¿Por qué? ¿Acaso no te gusta lo que escribes?
    -Sí me gusta. Lo que pasa es que... -Lisandró pensó- Es que, bueno... Me... me da... vergüenza. Vergüenza, sí, hasta miedo... de... de que lo que escriba... no guste o... o parezca ridículo, incluso tonto. A veces, me parece mejor que nadie se entere. Sí. Es por eso.
    Se quedó callado un momento.
    -También me pone de mal humor hablar de esto. Y hablar de mi mal humor, también.
    -Creo que eso es por la Rueda.
    -¿Eh?
    -¡Sí! Cuando la Rueda de los Días se desequilibra y hace que unas estaciones se alarguen y otras se adelanten, hay personas que lo notan, y lo notan perdiendo la noción del tiempo, mareándose al oír alusiones a él, incluso notando cómo las estaciones tardan o se adelantan, o, como es tu caso.... con malos humos.
    -¿Y cuándo se me pasará?
    -Cuando se reestabilice el Otoño.
    En ese momento, Lúinwe apareció entre los árboles.
    -Ellos dicen que está bien. Que vayamos.
    Estaban de nuevo en aquel claro, y Lisandro volvía a estar sentado en la banqueta. De nuevo, presidían los mismos elfos.
    -Dos de las esencias ya han sido encontradas -anunció el elfo.
    -Tan sólo queda una, la del olor, y temo que nosotros no podremos atraparla sin ayuda. -añadió la elfa.
    Lúinwe y Séregon miraron a Lisandro.
    -Necesitamos a alguien que sepa atrapar cosas intangibles, como, en este caso, el olor.
    Lisandro se preguntaba qué clase de ayuda sería esa. Y miró al resto de elfos, intentando adivinar quién podría hacer algo.
    -Acabamos de enviar un mensaje -anunció de nuevo la elfa.- Y ya está aquí la respuesta. Las hadas nos echarán una mano.
    Hubo un ligero murmullo de aprobación.
    -Las hadas -continuó el elfo- están al llegar. Traerán algo con lo que podremos atrapar la esencia del olor.
    Y entonces de entre las hojas, por el aire, incluso de debajo de los árboles y las piedras salieron las hadas; algunas pequeñas, otras más grandes, e incluso algunas de tamaño humano. Lisandro miraba en todas direcciones, intentando verlas a todas bien. Entonces, detrás de un árbol, creyó vislumbrar una chica con el pelo castaño ondulado. Se fijó mejor y se levantó un poco, pero no vio nada más. Volvió a mirar a las hadas que había en el claro. El elfo habló de nuevo:
    -Las hadas nos han traído unos frascos mágicos con los que (de alguna manera) podremos atrapar el olor del otoño.
    Varias hadas diminutas llevaron unos frascos redondos volando, y los entregaron a algunos de los elfos. Un hada de color violeta depositó uno en las manos de Lisandro.
    -Lo que debéis hacer con estos frascos- explicó la elfa que presidía- Es correr con ellos con la abertura hacia delante en un sitio donde se encuentre el olor del otoño.
    “¿A qué huele el otoño? pensó Lisandro otra vez.
    -Bien -zanjó el elfo- Ya podéis marcharos. -uno de los elfos levantó un brazo- Eso es todo. Avisadnos cuando lo tengáis
    Las hadas se retiraron por y como habían venido, y todos los elfos se levantaron. Lisandro se quedó sentado, pensando en el olor del otoño. ¿A qué olía el otoño? Respiró el aire de aquel bosque. Olía a tierra húmeda, a hojas secas, a madera y, allí mismo, olía también un poco a las castañas asadas que habían llevado Lúinwe y Séregon. Olía a Otoño. Lisandro levantó la cabeza, y vio que no había nadie. Destapó su frasco y lo levantó sobre su cabeza, y se puso a correr por el claro y un poco también por fuera de él. Al cabo de unos minutos, paró de correr, bajó el frasco y lo tapó en seguida.
    -Eeh... ¡Elfos! ¡Lúinwe! ¡Séregon! ¡Ya lo tengo! ¿Dónde estáis?
    -Aquí -respondió Séregon, saliendo súbitamente de detrás de un árbol- Ya lo tienes. Vaya, qué rapidez.
    -Tendremos que esperar a mañana. No creo que les haga mucha gracia volverse a reunir cuando acaban de disolver la reunión. -dijo Lúinwe.
    -Ma-mañana es el Equinoccio -recordó Lisandro.
    Al día siguiente, volvieron a reunirse en el claro, incluido Lisandro. Todos entregaron su frasco a los elfos presidentes. Y los elfos los fueron revisando, observándolos a contraluz, hasta que finalmente escogieron uno. Lisandro no sabía si sería el suyo, pero se alegró de haber aportado algo. Entonces, los dos elfos juntaron todas las esencias y las fundieron, usando su magia, en algo parecido a un vientecillo de color dorado, naranja y marrón.
    Lisandro se despidió hasta pronto de Lúinwe y Séregon, y volvió más tranquilo a su casa. El Otoño, al fin, estaba en su sitio, y ya no tendría más círculos viciosos malhumorados, al menos en un tiempo. Pero él aún tenía que hacer algo más. Se sentó en su escritorio y empezó a escribir hasta que anocheció. Y aquella noche, aunque llovió, durmió mucho mejor.
    Al día siguiente, a la salida del instituto, Lisandro buscó a Sylvia. Estaba en una esquina, y corrió a alcanzarla.
    -Sylvia -la saludó. Ella se ensombreció un poco al verlo- E-escucha. Vengo a peeedirte perdón por-por.... por tratarte mal el otro día. Es... es que ese día estaba de muy mal humor, pero tú no tenías la culpa, no, para nada... A-además no me gusta hablar de lo que escribo... es que... es que me da... me da un poco de vergüenza.
    -Pero si tú escribes muy bien, Lisandro -respondió ella.
    -Bueno, pero tú sólo has leído un par de cosas...
    -Sí, también es verdad...
    -Te he traído una cosa... Ya sabes, para compensarte...
    -No hace falta, Lisandro, yo te perdono -y le dio un abrazo.
    -Aun así me gustaría que lo tuvieras -le dijo él. Y le pasó un sobre verde con ribetes de hojas de distintas formas.- Hasta mañana.
    Lisandro se alejó, pero se giró para ver cómo Sylvia abría el sobre y sacab unos papeles de él, y los leía. Su sonrisa (y la de Lisandro) se iluminó al leer el título: La princesa Sylvia. Y las primeras líneas: En un pequeño claro en el bosque tenía su castillo en el interior de un roble la diminuta pero hermosa princesa, de nombre Sylvia...

domingo, 27 de mayo de 2012

La Rueda de los Días.

Equinoccio de Primavera.

 Era un hada. Un hada de color violeta. De hecho, Sylvia juraría que fue el bicho que se coló en su habitación el día anterior. La cogió con cuidado y la sostuvo frente a su nariz.
          -¿Qué haces aquí? ¿Estabas ayer en mi cuarto?
   El hada se retorció un poco, y le dijo:                                            
          -¡Suéltame, suéltame! ¡Tengo prisa!
          -¿Prisa por qué?
          -¡No debes meterte en esto!
          -Pero ¿por qué?
          -¡Esto es un asunto muy delicado, no me distraigas!
El hada se zafó de los dedos de Sylvia y salió volando hacia los árboles, dejando tras de sí una débil estela de polvillos violetas.
           Sylvia apenas tuvo tiempo de reaccionar, y la perdió de vista. Decidió entonces volver al hostal.
            Una vez en el hostal, decidió preguntar a la dueña, ya que conocería mejor esos parajes. La encontró otra vez cerca de las escaleras, como si realmente no hubiese ido a buscar a su padre. Se le acercó, pero de repente recordó lo raro que sonaría cuando le preguntase por un hada. De todas formas, se aproximó y le preguntó:
              -¿Ha encontrado ya a mi padre?
              -Sí. Ya tenéis asignada la mesa. ¿Algo más?
              -Ehhmm... -Sylvia dudó- Bueno... Hace un momento... me ha parecido ver... un hada.
             La mujer asintió.
              -Sí, abundan bastante por aquí. Mira, allí está tu padre.
              Su padre le hacía señas para que se diera prisa. Debían irse ya. De camino al coche, la preguntó sobre qué hablaba con la dueña.
              -De una especie que parece abundar por aquí.
              -¿Ah, sí? ¿Cuál es?
              -Las libélulas.
              Al sábado siguiente, fueron de nuevo a ultimar detalles en aquel hostal (para agobio de Sylvia, que seguía sin conseguir recordar la fecha). Había estado reflexionando en su cuarto. Sus conclusiones eran dos: Podía volver a preguntar a la dueña (de hecho, lo haría) y además, pensaba buscar al hada. Había volado entre los árboles, así que la buscaría primero. Ya en el hostal, Sylvia fue hacia allí directamente. Se abstuvo de decirles a sus padres que iba a cazar libélulas. Caminó entre los árboles, sin mucha prisa, porque realmente siempre podía preguntar a la dueña. Llegando estaba a un lugar donde los árboles estaban mucho más unidos, cuando le pareció oír voces. Procedían de un grupo de sauces llorones. Sylvia llegó a ellos y se asomó. Y se asombró de los que vio. Allí había reunidas unas veinte hadas. Sylvia supo que eran hadas, porque había entre ellas tanto hadas pequeñas como la que atrapó en el matorral, como hadas de tamaño más o menos humano (de estas, supo que eran hadas porque algunas tenían alas en la espalda). Aquellas hadas parecían haberse reunido para algo, porque había allí una mesa, con un pergamino y agua. Sylvia decidió volver, ahora que sabía dónde estaban las hadas, a preguntar a la dueña. De camino al hostal, se la encontró.
               -¿Va usted a los árboles?
               -Sí, claro. Tengo algún asunto que hacer por allí.
               -Entonces la acompaño.
               -Bien.
               Hubo un momento de silencio, en el que Sylvia pensó en cómo preguntar.
               -Viviana, ¿sabe que hay una reunión de hadas entre unos sauces?
               -Pues claro que lo sé, Sylvia. Voy allí.
                Y entonces Sylvia se percató de que Viviana tenía un aspecto muy parecido al de algunas hadas de tamaño humano que había visto en los sauces, y, al fijarse en sus pies, recordando de pronto cosas que sabía de las hadas, notó que eran pequeños, muy pequeños, y descalzos en ese momento.
                 -¿Es usted un hada?
                 Y Viviana sonrió.
                 -Sí, lo soy. Y tal vez ahora quieras ir más aún a la Reunión de las Hadas.
                -La verdad es que sí. ¿Por qué lo dice? ¿Le importa mucho si voy?
                -A mí no. Pero tal vez a quien dirija esta Reunión sí le importe, porque tú, Sylvia, no eres un hada.
                Llegaron al grupo de sauces. Viviana se sentó junto a un tronco, y Sylvia se sentó a su lado. Como si no se hubieran percatado de su presencia, un hada alta, con el pelo rizado color cobrizo se acercó a la mesa y tomó el pergamino.
                -Buenos días -dijo, y al hablar, las hojas de los árboles cercanos empezaron a moverse suavemente- Gracias a todas por venir. Ya se habló del posible problema en la reunión pasada. No somos las únicas que han notado los síntomas. Pero ahora lo sabemos: se ha confirmado el retraso.
                Sylvia no había entendido nada. Pero no tuvo tiempo de preocuparse por eso, porque de repente, sintió una mano en su hombro y una presencia por detrás de ella. Dos hadas de tamaño mediano la habían rodeado. Una de ellas levantó una mano.
                -Alto un momento –pidió- Aquí hay alguien que no debería estar.
                El hada que dirigía la reunión se giró y la vio. Se acercó lentamente.
                -¿Quién te ha dejado entrar?
                -Viviana -dijo Sylvia en seguida. Y el hada miró a Viviana.
                -No creo que sea malo que ella entre  -se explicó- He podido notar que está sufriendo una de las consecuencias del desajuste temporal.
                El hada cobriza cambió de gesto y asintió. Se giró de nuevo a Sylvia.
                -¿Te ocurre algo últimamente?
                -Pues... la verdad es que lo más raro que me ocurre es que no consigo recordar las fechas. Mire, resulta que vamos a celebrar algo el 21 de Marzo, ¡pero no logro recordar qué es, ni qué ocurre ese día!
                Las hadas susurraron entre sí, como si conocieran el problema.
                -Bien, en ese caso, puedes al menos saber lo que ocurre. La Rueda de los Días, por la que se rigen las estaciones, las horas de luz y oscuridad, los días de frío o calor, se está descompasando. De repente se ralentiza y luego gira muy deprisa. Eso trae muchas consecuencias. Provoca inestabilidad en el tiempo y las estaciones, pérdida de la noción de los días, olvidos con fechas importantes. Hicimos una reunión cuando empezamos a notar los primeros síntomas. Nosotras, las hadas, hemos de volver a estabilizar la Primavera.
                -¿Y cómo pensáis hacerlo?
                -Pues aún no lo tenemos claro. Pero hemos estado investigando.
                Sylvia vio entonces, a un lado de la mesa, un tronco hueco que contenía libros y más pergaminos.
                -¿No podría ayudar yo? -se ofreció ella.
                -¿Tú? –preguntó fríamente un hada vestida de blanco, con la piel pálida y lo ojos gélidos- ¿Y qué podrías hacer tú?
                -No menospreciemos lo que alguien puede hacer –contestó Viviana. El hada cobriza anunció que lo primero que harían antes de deliberar sería buscar la solución definitiva. Las hadas se pusieron entonces a consultar libros y pergaminos. Sylvia cogió un libro y lo abrió, por intentar hacer algo. Se fijó en que no había sólo hadas chicas, había también hadas chico, unos hados”. Tenían los pies pequeños, como las chicas hadas, y también los había de todos los tamaños. En ese momento, una de las hadas diminutas (de color verde lima) lanzó una exclamación y se alzó haciendo una espiral de polvillos. Y ella y el resto de hadas que sostenían el libro se acercaron al hada del pelo rizado llevando el tomo pesadamente.
                -¡Aquí! -el hada lima voló hasta una línea y la señaló- ¡El capítulo sobre las Esencias del Tiempo!
                El hada rizosa cogió el libro y leyó el capítulo.
                -¡Atención, hadas! -llamó al acabar- Aquí hemos encontrado la forma de acompasar de nuevo, no sólo la primavera, sino además todas las estaciones. Si se hace bien, cada estación tendrá sus días.
                -A mí no me importa que el invierno dure un poco más -dijo el hada de blanco.
                -Eso no es justo -replicó un hada de cabellos con gotas de rocío y ojos brillantes- Si el invierno dura más, el resto de estaciones no tendrán suficientes días.
                Sylvia cogió el libro donde estaba la solución. No entendió lo que decía, aunque había varios dibujos de relojes de sol, de arena y posiciones de las estrellas.
                -La solución no es difícil -dijo el hada cobriza- Debemos atrapar tres esencias de la estación en concreto. Deben ser relacionadas con el sabor, olor y vista.
                -Entonces, ¿puedo ayudaros? -pidió Sylvia. Las hadas se miraron, y luego miraron al hada presidente.
                -Bien, tal vez ciertas cosas resulten difíciles de atrapar para un Hada Menuda. Puedes ayudarlas.
                Las Hadas Menudas volaron todas y la rodearon. Rieron un poco y juguetearon con su pelo.
                -¡Qué bien! -exclamó una- Es la primera vez que trato con humanos. ¡No veo la hora de empezar!
                Y entonces, Sylvia recordó.
                -¡Hora! Mis padres deben estar recogiendo ya. ¡Debo irme a casa, pero veré que puedo hacer desde allí! ¡Volveré para el 21! ¡Hasta pronto, Viviana! -Sylvia echó a correr, y llegó justo a tiempo para subir al coche sin tener que dar demasiadas explicaciones.
            Una vez en su cuarto, Sylvia se dejó caer en la cama. Y pensó. Pensó en las esencias aquellas. ¿Dónde encontrarlas? ¿Qué hacer con ellas? ¿Cómo usarlas? Pero sobre todo, ¿Qué esencias son esas? Sylvia se incorporó. El hada cobriza había hablado de esencias de la estación. Bien. De eso, no tenía ni idea. Pero sí podía buscar algo relacionado con el olor, el sabor y la vista. Recordó sus colonias. Tal vez alguna de ellas sirviese. Fue hacia sus frascos, y cogió el de rosas, que le recordaba más a la primavera.  
                -¡Hola otra vez! -y el hada violeta asomó por detrás del frasco. Sylvia casi lo dejó caer.
                -¡Tú! -exclamó- ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has venido?
                -En tu bolsillo -sonrió el hadita- Y no sólo yo.
                Efectivamente, de entre los frascos asomaron dos Hadas Menudas más: el hada verde lima y otra azul.
                -Te ayudaremos con las esencias -anunció el hada azul- Soy Madrugada de Verano.
                -Yo, Hoja de Limonera -se presentó la verde lima.
                - Y yo -dijo la violeta- soy Prímula al Viento.
                Sylvia expuso su problema con las esencias. Las hadas le explicaron que les esencias se capturaban en algo relacionado con el sabor, el olor y la vista de dicha estación.
                -¿Y las tenemos que capturar todas nosotras? -preguntó Sylvia.
                -Eh, tranquila, que sólo son tres -le recordó Madrugada de Verano.
                -Pero... ¿Qué podemos hacer? Vosotras sois diminutas y yo no tengo ni idea...
                -Calma, Sylvia -le dijo Hoja de Limonera- Las Hadas Menudas estamos más capacitadas para coger cosas intangibles.
                -¿Eh?
                -¡Exacto! -corroboró Prímula al Viento- ¡Podemos hacer vestidos con nubes y pendientes con gotas de rocío!
                -Sylvia, ¿con quién hablas? -preguntó su madre- Ven a comer, papá ya ha servido.
                Después de comer, mientras sus padres y su hermana descansaban un poco, Sylvia se reunió en su habitación con las hadas.
                -Como se trata de la Primavera -dijo Hoja de Limonera- empezaremos por lo más característico de esta estación: el olor.
                -¡Muy bien! Vamos allá -Sylvia fue hacia sus colonias, y Prímula al Viento la siguió.
                -Aquí tengo colonia auténtica: hay con aroma a flores varias, a vainilla, a coco, a frutas del bosque, a frutas exóticas, a azucenas, a margaritas...
                Madrugada de Verano voló entre los frascos y sostuvo a su vez el que sostenía Sylvia.
                -Mmmm... Me parece que estos aromas no nos sirven -anunció.
                -¿Cómo que no? Huelen de maravilla. A Primavera.
                Y echó un poco sobre ella. Madrugada de Verano tosió y se tambaleó en el aire.
                -¡No sirven esos perfumes -explicó Hoja de Limonera- porque debemos capturar las esencias en algo relacionado con esos sentidos absolutamente natural!. ¡De la Naturaleza!.  Mira, veamos qué otras esencias podemos atrapar en tu casa y si no, barajaremos posibilidades.
                Pensaron. ¿Qué esencia podrían atrapar en casa, y en qué? Pensaron en el sabor. ¿Cuál es el sabor característico de la Primavera?
¡Pues claro! Sylvia se dio cuenta en seguida. ¡Las fresas con nata! Corrieron (la mayoría volaron) a la cocina. Allí, Sylvia abrió de golpe la nevera, sacó un cuenco de fresas y el spray de nata. Roció las fresas con ella y lo mostró a las hadas.
                -¡Maravilloso!
                -¡Genial!
                -¡Estupendo! Pero no sirve.
                -¿¡Cómo!? -le gritó Sylvia a Madrugada de Verano- Pero... Pero si...
Madrugada de Verano y Hoja de Limonera volaron hasta el spray de nata que Sylvia sostenía.
                -Aquí hay demasiada química artificial -informó Hoja de Limonera.
                -Necesitamos algo más natural -afirmó Prímula al Viento.
                Sylvia suspiró.
                -Pues no creo que tenga nada más. ¿Ni la leche envasada? ¡Ah, la vista! Pero no creo que sirva una fotografía, ¿no?
                Las hadas negaron con la cabeza.
                -Ya lo suponía.
                -No te preocupes -dijo Prímula al Viento- Has hecho lo que has podido. Además, ¡no vamos a desperdiciar lo que has hecho con las fresas!
                Y las hadas se zambulleron en la nata y se pusieron a comer las fresas.
                -¡Esperadme, tramposas! - y Sylvia cogió una cucharilla y se puso a comer también.
                Al día siguiente, por fin era la fecha. Sylvia estaba nerviosa, no sólo porque no había conseguido capturar las esencias (y eso que fue ella quien se ofreció) sino también por no conseguir recordar ni la fecha, ni el motivo de la celebración. Ataviada con un vestido blanco de vuelo atado a la espalda y el pelo castaño suelto, subió al coche y pensó en posibles soluciones. La única que se le ocurrió fue preguntar de nuevo a Viviana.
                Cuando entró en el hostal, fue directa a buscarla. No la encontró por ninguna parte. Fue incluso a preguntar a la secretaria, pero tampoco estaba. Sylvia corrió a los árboles.
                A medio camino, la encontró.
                -¡Viviana! ¡Viviana! -llamó. Ella se giró, y la esperó- No he podido atrapar ninguna esencia. Nada de lo que tenía a mi alcance era lo bastante natural.
                -Tal vez no te lo explicamos bien. Ahora vendrás a la Reunión y veremos qué puedes hacer.
                Y una vez de nuevo en los sauces, el hada de pelo cobrizo volvió a presidir:
                -Lo lamento, Sylvia. Cometimos una equivocación. Olvidamos que no sabes de lenguas ancestrales. Pero a pesar de eso, lo has entendido muy bien, gracias a las Hadas Menudas que te acompañaron. No te preocupes, aquí encontraremos lo que necesitamos para atrapar las esencias necesarias. Tú nos ayudarás.
                Sylvia respiró aliviada.
                -Un momento -dijo entonces el hada de blanco- Nos has hablado de cómo acompasar de nuevo la estación, de cómo atrapar las esencias... Pero no encaja algo. Todos, todos los hechizos y formas mágicas para devolver algo a su estado natural que conozco implican algo, una condición, una parte mala. Bien lo saben las Hadas Madrinas.
                Un grupo de hadas de tamaño humano, algunas sin alas y otras ya ancianas hablaron entre sí y asintieron.
                -Dinos, entonces -continuó el hada- cuál es la condición de este hechizo.
                -La condición de este hechizo es -dijo el hada cobriza- que debemos haberlo cumplido antes del final del Equinoccio.
                -¡Equinoccio! -gritó Sylvia- ¡Esa era la palabra! ¡El 21 de Marzo es el Equinoccio de Primavera! Espera un momento, ¡es hoy!
                Las hadas se alarmaron. Efectivamente, ¡el Equinoccio de Primavera empezaba y finalizaba ese mismo día! ¡No habría tiempo bastante! Pero el hada presidente no perdió la calma y alzó la mano.
                -Un momento, hadas -las tranquilizó- Veamos primero cuáles son esas esencias, antes de alarmarnos.
                Entonces, Sylvia y las Hadas Menudas se levantaron y dijeron:
                -¡Nosotras ya tenemos dos esencias! ¡Sí! -añadieron, ante la mirada atónita del hada de blanco- ¡Aroma de flores silvestres para el olor! ¡Y fresas con nata para el sabor!
                -¿Y por qué no las sacáis? -apremió el hada del rocío en el pelo.
                -Bueno, es queee... -tartamudeó Prímula al Viento- En realidad, sabemos que son esas, pero los ingredientes que encontramos no eran correctos.
                -Es verdad -intervino Hoja de Limonera- Eran demasiado artificiales.
                -Bien -concluyó el hada cobriza- Entonces, sólo tenemos que coger esas dos, y sólo nos quedará una.
                -En mi hostal tengo lo que necesitamos -dijo Viviana.
                Decidieron que Viviana, Sylvia y las Hadas Menudas, junto con algunas hadas más, irían al hostal a por las esencias. El resto se quedarían entre los sauces, buscando la tercera esencia.
                Una vez en el hostal, Sylvia, Viviana, las Hadas Menudas y unas cuantas más que las habían acompañado subieron a las habitaciones, Pero en ese momento, los padres de Sylvia la vieron, la pararon.
                -Sylvia, ¿a dónde vas ahí arriba?
                -Pues ahí arriba -respondió- Me han invitado -y corrió a subir.
                El cuarto de Viviana era una habitación pequeña, pero adornada con plantas florales, con finas telas de colores en las paredes y una cama con dosel. Todos se sentaron en la cama, en sillas y en el suelo.
                -Decíais que eran fresas con nata y aroma de flores silvestres, ¿no? -preguntó Viviana. Sylvia asintió.- Bien. Yo conozco una receta para hacer nata. Mientras la preparamos algunas, otras pueden ir detrás de esa loma -y señaló el sitio por la ventana- Si aún no hay frutos, me temo que tendréis que acelerar el proceso. Sylvia, ¿tú con quién prefieres ir?
                Ella lo pensó mucho. Por un lado, quería estar con Viviana, pero por otro, quería ver cómo las hadas (y los hados, que también habían venido varios de todos los tamaños)aceleraban el proceso.
                -Viviana, ¿te molesta si voy con las hadas a por las fresas?
                -No, claro que no.
                Y Sylvia fue con ellas. Al llegar a la loma indicada, las hadas soltaron una exclamación. Efectivamente, en los arbustos apenas habían aparecido los primeros brotes.
                -Vamos a tener que acelerar muuuuuucho el proceso -suspiró un Hada Menuda chico. Sylvia seguía preguntándose cómo acelerarían el proceso y a qué proceso se referían. Lo averiguó en seguida: las Hadas Menudas volaron hacia los arbustos y los rociaron con sus polvos. Luego, las hadas de mayor tamaño se acercaron a ellos y (de alguna manera que Sylvia no pudo saber bien) usaron su magia. La cuestión fue que, al cabo de unos minutos, de los arbustos crecieron rápidamente hojas verdes, y, poco a poco, despuntaron motitas rojas que se convirtieron en fresas. Sylvia y el resto de hadas, alegres y aliviadas, recolectaron muchas fresas y las pusieron en cestos. Sylvia las hubiera recogido con la falda de no haber llevado el vestido blanco. Al llegar al hostal, una hada chico de tamaño humano les indicó que bajaran directamente a la cocina. Allí, encontraron al resto, y Viviana les mostró un cuenco grande con un líquido blanco.
                -¿Qué es? -preguntó Sylvia.
                -Esto es la nata -respondió un hada de tamaño mediano- Ahora sólo falta montarla.
                Viviana le tendió un batidor.
                -¿Quieres probar tú? -y Sylvia sonrió y lo cogió. Batió la nata hasta que se cansó. Diez minutos más tarde, ya la tenía montada. Volcó el cuenco sobre otro más bonito en el que las hadas habían puesto las fresas. Y entonces se le ocurrió algo.
                -¡Eh, tengo una idea! ¡Que las Hadas Menudas esparzan sus polvos en la nata!
                Y al hacerlo, la nata se infló y se rizó maravillosamente. Volvieron al cuarto de Viviana. Ahora debían coger la segunda esencia: el olor. El principal problema era que no había aún suficientes flores.
                -¿Tú sabes cómo hacer colonia natural? -preguntó Sylvia a Viviana. Ella asintió- ¿No podéis volver a acelerar el proceso? -esta vez Viviana negó con la cabeza.
                -Demasiadas aceleraciones con magia podrían empeorar la situación -explicó- A una mala sí, habría de hacerse, pero primero hay que buscar otra solución.
                Sylvia salió un momento al comedor a ver cómo les iba a sus padres. Y entonces volvió a ver las ristras de hierbas aromáticas que colgaban del mostrador.
                -¡Viviana, ya sé, ya lo tengo! ¡Usaremos las flores que tienes en el mostrador!
                La idea fue bien acogida. Cogieron algunas flores y las machacaron en un mortero con agua. Pusieron en la mezcla unas gotas de licor dulce y la sacudieron un poco, una vez metida en la botella de vidrio.
                De nuevo en los sauces, entregaron al hada las esencias recogidas. Y se reunieron de nuevo, porque el otro grupo no había encontrado la tercera esencia. No sabían qué podían atrapar visualmente, ni tampoco de forma natural, porque no podían usar una cámara fotográfica. Sylvia se apartó un poco y se sentó en una colina. Y observó el paisaje.
                -Hola -saludó alguien entonces. Era Prímula al Viento.- ¿En qué piensas?
                -En la tercera esencia. No podemos atraparla.
                -Podríamos. Este paisaje es perfecto.
                -Es verdad. Pero no puedo usar mi cámara. ¡Oye! Podríamos dibujarlo, en vez de fotografiarlo.
                -Pero las pinturas no son naturales.
                -En realidad, los lápices de colores son las pinturas más naturales que podemos coger. Y el papel... viene de los árboles.
                -Prefiero algo más natural.
                -Viviana tiene pergaminos -recordó entonces Sylvia.
                -¡Perfecto!
                Unos minutos más tarde, Sylvia había acabado de pintar.
                -¡Eeehh, atención, escuchad, tenemos la tercera esencia! ¡Sí señor! ¡Aquí vieneee! -gritaba Prímula al Viento dando vueltas entre las hadas.
                -Cálmate un poco, por favor, que no eres un duende -protestó el hada de blanco.
                Sylvia se acercó al hada de los rizos color cobre y le entregó el pergamino. Ella lo miró y sonrió.
                -¡Prefecto!
                El suspiro de alivio se oyó por todo el claro. Viviana se acercó a Sylvia.
                -Ese pergamino era mío.
                -¡Huy, lo siento! ¡Era una emergencia! Entenderás que se trataba de una emergencia, ¿verdad? Lo entiendes, ¿no? Porque yo sólo quería...
                Viviana sonrió.
                -Claro que lo entiendo.
                Y las dos observaron cómo las hadas extrían las esencias, que se fundieron en una brisa de color entre azul, verde y rosado. La Primavera, al fin, había llegado del todo. 
                -¿No teníais reservada una mesa para diez? -preguntó Viviana de repente.
                -¡Anda, es verdad! -Sylvia se llevó las manos a la cabeza- ¡Tengo que correr al hostal! ¡Hasta pronto, Viviana! -y salió corriendo.
                -Hasta muy pronto, Sylvia.
                                                 * * *
                -Pero bueno, Sylvia, ¿dónde te habías metido? -preguntó su padre- ¿Pero es que has olvidado qué día es hoy?
                Sylvia se encogió en la silla y observó a sus padres, a su hermana, a sus abuelos y a sus primos. Aún no recordaba.
                -¿Has olvidado quién nació hoy? -le susurró su prima.
                Sylvia recordó de repente. ¡Pues claro!
                -Hombre, puesss... la verdad es que había perdido la noción de los días... un despiste... he tardado porque... porque... -y entonces se fijó en que, a sus pies, bajo la mesa, Hoja de Limonera, Madrugada de Verano y Prímula al Viento le tendían un paquetito y le guiñaban los ojos. Sylvia lo cogió disimuladamente.- ¿Cómo lo sabíais? -murmuró. Y ellas le mostraron un papel donde estaba escrito el evento con la letra de su padre, dirigida a sus abuelos. -Porque he estado cazando libélulas. -y le tendió el paquete a su madre. Ella lo abrió. Dentro había un broche para el pelo con forma de libélula.
                -¡Feliz cumpleaños, mamá!